
La vida, la naturaleza, y por consiguiente los seres humanos, son esencialmente luminosos. O sea, no violentos.
Nuestra violencia existe porque el lenguaje que hemos aprendido, para hablar, para escuchar y para pensar, es un lenguaje que no está al servicio de la vida...
Cuando los seres humanos hablan un lenguaje que está al servicio de la vida, que la honra y que la celebra, son naturalmente benévolos, empáticos y compasivos. Porque los seres humanos tenemos una facultad, inscrita en nuestro ADN, que es precisamente la de ser benévolos, és decir, querer el bien, desearlo, amarlo, ...
Y cuando ejercemos esa facultad, satisfacemos algo muy profundo dentro de nosotros...
Pero, ¿por qué, si nos resulta tan agradable, no somos benévolos más a menudo?
Precisamente porque el lenguaje aprendido inhibe nuestra naturaleza compasiva, nos desconecta de ella. Si algo desagradable nos pasa, no pensamos en cómo nos sentimos y qué nos hace falta, sino que tendemos a pensar de quién es la culpa, para criticarlo y, a lo peor, castigarlo.
Podemos desaprender el viejo lenguaje alienante y aprender uno nuevo que nos sirva par para ser todos más felices.
Sencillo, ¿no? Muy sencillo y ... ¡ muy complicado!
La comunicación no violenta propone una manera de comunicarnos con los demás y con nosotros mismos que se inscribe en un específico modelo de vida. Es a la vez una conciencia y una manera de vivir que considera igualmente importante las necesidades de todos los seres y que valora las conexiones entre las personas más que tener razón o vencer.